Hizo la maleta con tan sólo un elemento en ella tan ligero como un soplo de suave brisa. Algo inusitado.

Era una empresa arriesgada la suya, una gran locura, pero ¿no se daban la mano las locuras y los grandes éxitos?

Así pues, en plena década de los ochenta, viajó de polizón en un gran buque de carga rumbo al viejo continente. Una travesía no exenta de riesgos, una travesía que atravesaba el vasto océano y los corazones de la tripulación, poniéndolos a prueba en cada golpe de mar.

Había sido astuto: su escondite en el buque le proveía de alimento seguro sin ser descubierto a lo largo de las monótonas y eternas jornadas de viaje.

Soportó tempestades, momentos de flaqueza y debilidad, pero la imagen de una tierra prometida se aparecía ante él tan vívida y real que le daban fuerzas para resistir cualquier envite. Sabía que compañeros suyos habían entrado a la península desde Pirineos y también sabía que vivían confortablemente. Ese horizonte, desde su oscuridad, era su norte.

No salía en ningún momento. No sabía si era de día o de noche. Sólo penumbra. Sólo dudas y el suave resplandor de la esperanza.

Un día, no pudo saber cuántos habían transcurrido desde que se embarcó, los motores cesaron. Tensión, pasos frenéticos en cubierta, gritos, trampillas abiertas y, por fin, a raudales como si hubiera estado contenida, la luz.

Había llegado a España. La costa gallega lo recibía con un glorioso día soleado, de esos que aún no son demasiado frecuentes en el mes de mayo.

Descargaron el buque y afortunadamente para él, desafortunadamente para el resto del mundo, no lo descubrieron.

Ese mismo día, cuando nadie prestaba atención al cargamento de madera procedente de USA, un pequeño insecto salió de su interminable escondite dispuesto a disfrutar de la tierra prometida: un paraíso de olmos centenarios solo para él y para el ligero contenido de su minúscula maleta: la grafiosis.

(María Turiño)

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