La ruta se le estaba haciendo más difícil de lo que recordaba. Quizás fuera que había comido poco y le flaqueaban las fuerzas o quizás, que los diez años que habían pasado desde la última vez que la hizo pasaban factura con un impuesto fulminante.

Tenía previsto estar de regreso sobre las seis de la tarde, pero no lo iba a conseguir. Así que, conociendo esa nueva limitación, se dispuso a llegar tarde por una buena causa: disfrutar aún más del recorrido.

Tomó la cámara de fotos y, mientras continuaba el ascenso, cualquier excusa era buena para hacer un alto: una abeja polinizando una flor, una rana esquiva en el regato de agua que cruzaba la senda, los brillos intensos y desapercibidos del sol sobre una hoja de avellano. Detalles asombrosos que sólo se captan si prestas la atención adecuada.

Cuando se topó con una pradera de las que salen en las revistas de destinos paradisíacos, de un verde refulgente, con matices blancos y malvas de flores salpicando por doquier la superficie, se imaginó a sí misma tumbada en el centro de la verde manta, rodeada de naturaleza. Casi pudo sentir la frescura de la hierba por todo su cuerpo.

Sin mirar el reloj, saltó el muro de piedras que limitaba la pradera y se descalzó.

A su paso saltamontes, gorgojos, alguna mariposa blanca y otros bichitos que no supo describir, saltaban como acompañando a sus pies en una danza del “corre que te pillo”. Las hierbas de innumerables especies hacían cosquillas en sus dedos provocándole una sonrisa.

Cuando llegó al centro de la pradera, donde se había imaginado unos instantes antes, se tumbó cual larga le hizo la naturaleza. Y entre sosiegos de las caricias de hierbas en el rostro, manos y pies, los sonidos de la naturaleza colmando sus oídos y un sol que bailaba entre las hojas de los chopos de la ribera del río, se quedó inusualmente dormida.

Un saltamontes aterrizó en su camiseta y, sorprendiéndose de su error al verse sobre algo rojo tan intenso, saltó precipitadamente hacia lo conocido: la verde hierba. Los brincos que improvisaba abriendo sus azules alas serían la envidia de cualquier deportista olímpico de salto de longitud. No cesó en su huida hasta que se le pasó el susto.

Pendiente de su escapada y con el sobresalto aún en sus antenas, no se dio cuenta de que se había parado en el peor lugar que podía haber elegido: cerca de la presencia de una joven y enigmática mantis que lo estaba acechando a escasos centímetros.

Cuando la mantis clavó sus poderosas mandíbulas en el tórax del saltamontes huido, éste comenzó a retorcerse para intentar escapar. De poco le sirvió. Formó parte de una opípara comida.

La mantis, con el saltamontes aún en el buche, se dispuso a caminar tal y como es ella, de un modo majestuoso y elegante, hacia su refugio para reposar la sabrosa comida. Llegó bajo la sombra de los árboles y, allí bajo la espesura, sus patas la fueron conduciendo hacia su escondite. Su único oído, situado en su tórax, no le advirtió de ninguna alarma. A punto estaba de llegar cuando sintió una fuerte opresión en su cuerpo y comenzó a volar por los aires esquivando ramas y hojas, viendo alejarse la seguridad del suelo. Un fuerte pico amarillento le oprimía el abdomen. Mientras luchaba por escapar de su atoramiento vio unos ojos oscuros enmarcados en un fino anillo amarillo que lo miraban mientras volaban y unas alas poderosas que reflejaban unos tonos marrones y grises.

El zorzal común pocas veces se atrevía con mantis adultas. Pero en esa ocasión había visto en este joven mantis macho una oportunidad de alimentar a sus crías. Aterrizó en un nido en lo alto de un roble. Un ahorquillamiento entre dos ramas había sido el lugar elegido por la pareja de zorzales para construir un confortable y sólido nido hecho a base de ramas, reforzado con barro. Su interior, cálido y sedoso, daba cobijo a la joven familia de cuatro polluelos que los padres pugnaban por alimentar equitativamente, dando insectos a las cuatro bocas abiertas, a cual más hambrienta que otra.

El zorzal macho puso la mantis en una de las bocas abiertas comisuradas de amarillo. La mantis, al verse liberada intentó escaparse, pero tanta era el hambre de los polluelos que, entre varios, la agarraron de las alas, las patas y el abdomen y, en pedacitos, la engulleron febrilmente.

Tan sólo unos segundos después, abrieron de nuevo sus bocas ribeteadas en lo que parecía ser un pozo sin fondo donde la comida desaparecía igual que había entrado y sin llenarse nunca, haciendo que el zorzal macho volase en busca de más alimento para sus insaciables polluelos.

Solos en el nido, las crías callaron y agacharon las cabezas para evitar predadores. Uno a uno comenzaron a dormitar esperando la próxima llegada de sus padres. Pero algo llamó la atención de uno de ellos antes de que cerrase los párpados: una oruga lenta y apetitosa caminaba al filo de lo imposible por una de las ramas cercanas. El polluelo avizor comenzó a piar e intentó llegar hasta ella, hasta ese jugoso manjar. Sus alas abiertas y patadas provocaron el despertar y las protestas de sus hermanos. Nada detenía al osado polluelo que daba cortos pasos con la mirada fija en la verde oruga. Con sus primerizas patas y valerosos aleteos, consiguió ponerse en el borde del nido, el límite de lo desconocido. Tan sólo dos saltos lo separaban de su meta. Primero uno y el otro, tan fácil, tan alcanzable. Los hermanos piaron estrepitosamente, como dando ánimos. Pero una pata se le cruzó sobre la otra, tropezó y cayó al vacío del bosque insondable mientras intentaba zafarse de la caída moviendo la alas en su instinto por sobrevivir.

Una piedra le espera en el suelo. La muerte es instantánea.

Un minúsculo hilo de sangre riega la piedra. Su olor penetrante e intenso atrae a variopintos insectos, siendo las moscas las primeras en llegar.

Todos juntos comparten el banquete de la mesa puesta, del regalo caído del cielo. Moscas, hormigas, los lentos y seguros escarabajos enterradores… Aunque las moscas son las más abundantes. Su zumbido comienza a hacerse más y más fuerte a medida que aumenta el número de ellas. Todos chupan, muerden, paladean. Tan fuerte es el jaleo y algarabía que se organiza en torno al zorzal que, atraída por el escándalo, una avispa hace entrada a mesa puesta, sin ser invitada, espantando a los demás insectos.

Las moscas, molestas por ser quienes primero descubrieron el ágape, escapan de las poderosas mandíbulas de la gran rubia negra hacia otros derroteros al igual que otros insectos que disfrutaban del manjar, entre ellos un pequeño mosquito.

Dando tumbos voladizos va el mosquito cuando, al instante es succionado por una ráfaga de aire.

  • ¡Oh, mierda, me he tragado un mosquito!-

Y despierta entre tosidos y muecas de asco. No puede calcular el tiempo que ha pasado, pero no parece que haya sido mucho: el sol se ha desplazado poco en el cielo.

Mientras se calza y se pone en pie para iniciar de nuevo la marcha piensa “qué pradera más tranquila, cuánta quietud”.

 

 

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