escritura creativa

LA PRADERA

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La ruta se le estaba haciendo más difícil de lo que recordaba. Quizás fuera que había comido poco y le flaqueaban las fuerzas o quizás, que los diez años que habían pasado desde la última vez que la hizo pasaban factura con un impuesto fulminante.

Tenía previsto estar de regreso sobre las seis de la tarde, pero no lo iba a conseguir. Así que, conociendo esa nueva limitación, se dispuso a llegar tarde por una buena causa: disfrutar aún más del recorrido.

Tomó la cámara de fotos y, mientras continuaba el ascenso, cualquier excusa era buena para hacer un alto: una abeja polinizando una flor, una rana esquiva en el regato de agua que cruzaba la senda, los brillos intensos y desapercibidos del sol sobre una hoja de avellano. Detalles asombrosos que sólo se captan si prestas la atención adecuada.

Cuando se topó con una pradera de las que salen en las revistas de destinos paradisíacos, de un verde refulgente, con matices blancos y malvas de flores salpicando por doquier la superficie, se imaginó a sí misma tumbada en el centro de la verde manta, rodeada de naturaleza. Casi pudo sentir la frescura de la hierba por todo su cuerpo.

Sin mirar el reloj, saltó el muro de piedras que limitaba la pradera y se descalzó.

A su paso saltamontes, gorgojos, alguna mariposa blanca y otros bichitos que no supo describir, saltaban como acompañando a sus pies en una danza del “corre que te pillo”. Las hierbas de innumerables especies hacían cosquillas en sus dedos provocándole una sonrisa.

Cuando llegó al centro de la pradera, donde se había imaginado unos instantes antes, se tumbó cual larga le hizo la naturaleza. Y entre sosiegos de las caricias de hierbas en el rostro, manos y pies, los sonidos de la naturaleza colmando sus oídos y un sol que bailaba entre las hojas de los chopos de la ribera del río, se quedó inusualmente dormida.

Un saltamontes aterrizó en su camiseta y, sorprendiéndose de su error al verse sobre algo rojo tan intenso, saltó precipitadamente hacia lo conocido: la verde hierba. Los brincos que improvisaba abriendo sus azules alas serían la envidia de cualquier deportista olímpico de salto de longitud. No cesó en su huida hasta que se le pasó el susto.

Pendiente de su escapada y con el sobresalto aún en sus antenas, no se dio cuenta de que se había parado en el peor lugar que podía haber elegido: cerca de la presencia de una joven y enigmática mantis que lo estaba acechando a escasos centímetros. Read More

LIGERO DE EQUIPAJE

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Hizo la maleta con tan sólo un elemento en ella tan ligero como un soplo de suave brisa. Algo inusitado.

Era una empresa arriesgada la suya, una gran locura, pero ¿no se daban la mano las locuras y los grandes éxitos?

Así pues, en plena década de los ochenta, viajó de polizón en un gran buque de carga rumbo al viejo continente. Una travesía no exenta de riesgos, una travesía que atravesaba el vasto océano y los corazones de la tripulación, poniéndolos a prueba en cada golpe de mar.

Había sido astuto: su escondite en el buque le proveía de alimento seguro sin ser descubierto a lo largo de las monótonas y eternas jornadas de viaje.

Soportó tempestades, momentos de flaqueza y debilidad, pero la imagen de una tierra prometida se aparecía ante él tan vívida y real que le daban fuerzas para resistir cualquier envite. Sabía que compañeros suyos habían entrado a la península desde Pirineos y también sabía que vivían confortablemente. Ese horizonte, desde su oscuridad, era su norte.

No salía en ningún momento. No sabía si era de día o de noche. Sólo penumbra. Sólo dudas y el suave resplandor de la esperanza.

Un día, no pudo saber cuántos habían transcurrido desde que se embarcó, los motores cesaron. Tensión, pasos frenéticos en cubierta, gritos, trampillas abiertas y, por fin, a raudales como si hubiera estado contenida, la luz.

Había llegado a España. La costa gallega lo recibía con un glorioso día soleado, de esos que aún no son demasiado frecuentes en el mes de mayo.

Descargaron el buque y afortunadamente para él, desafortunadamente para el resto del mundo, no lo descubrieron.

Ese mismo día, cuando nadie prestaba atención al cargamento de madera procedente de USA, un pequeño insecto salió de su interminable escondite dispuesto a disfrutar de la tierra prometida: un paraíso de olmos centenarios solo para él y para el ligero contenido de su minúscula maleta: la grafiosis.

(María Turiño)